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Familia que marcha unida permanece unida

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De los siete integrantes de la poderosa selección de marcha que Guatemala presentará en los Juegos Olímpicos, seis están emparentados entre sí. Uno de los entrenadores, Mynor Ortiz, pertenece a uno de estos clanes familiares de brillantes corredores. Por eso no es exagerado decir que probablemente ninguna delegación se sentirá en Tokio tan en casa como la marcha guatemalteca, que trasladará a la Villa Olímpica la dinámica de cualquier reunión navideña, bautizo o cumpleaños. 

Erick Barrondo, subcampeón olímpico en los 20 km de Londres 2012, correrá esta vez los 50 km junto a su hermano Bernardo Uriel. Su esposa Mirna participará en los 20 km, al igual que su primo José Alejandro Barrondo y José Ortiz, sobrino de Mirna. Luis Ángel Sánchez, clasificado en 50 km, es hermano por parte de madre de la otra clasificada en femenino, Mayra Herrera, y José Calel (20 km) será el único marchista guatemalteco sin familiares en la Villa Olímpica.

“Es inevitable que en las reuniones familiares se hable de marcha, de anécdotas, logros, recuerdos relacionados con la competencia“, admite Mynor Ortiz, hermano de Mirna y tío de José, quien entró al equipo como encargado de hidratación cuando lo dirigía el cubano Rigoberto Medina, fue asistente del polaco Bohdan Bulakowski y luego quedó a cargo de su sobrino y de Bernardo Barrondo.

“Cuando se venció el contrato del polaco yo me quedé sin trabajo, y Mirna y Erick me ayudaron económicamente. Así pude comenzar lo que llamo el ‘proyecto de marcha Desamparados‘, porque al principio nadie creía en nosotros“, recuerda Mynor, un perito contador que aprendió los secretos de la marcha de la mano de Rigoberto Medina. “La idea que teníamos Erick, Mirna y yo era masificar la marcha“.

Creciendo

Seis meses después de comenzar sus entrenamientos con los “Desamparados“, José Ortiz ya era medallista de plata en la categoría junior de la Copa Panamericana de Perú, y al cabo de un año lograba el bronce en la Copa Mundial de Marcha de Taicang, China. 

En 2018 se incorporó Bernardo. Viajó a media noche desde la provincia, en Alta Verapaz, y antes de que amaneciera ya estaba a las puertas del estadio esperando que abriera. Mirna y Erick lo alojaron en su hogar y Mynor comenzó una labor de rápidos resultados. Bernardo tenía 23 años y jamás había practicado marcha, pero nueve meses después de comenzar ya estaba entre los 10 mejores del mundo. “Allí comenzaron a tomarnos en cuenta y a apoyarnos“, celebra Mynor.

En 2020 todo pareció detenerse: llegó la pandemia y se canceló prácticamente todo el calendario deportivo mundial. Pero en marzo de este año los “Desamparados“ fueron a Dudince, Eslovaquia, y ahí Bernardo logró la marca olímpica de 50 km y José también, apenas en la quinta carrera de 20 km de su vida.

La más reciente adición a esta familia de campeones es Bryan, también sobrino de Mynor y primo de José, un joven de apenas 16 años que ganó la categoría juvenil del reciente Panamericano de Marcha de Guayaquil.

Con los ojos de un niño

José Ortiz tenía apenas 10 años cuando siguió desde la televisión la primera gran victoria familiar: el oro de su tía Mirna y de Erick, que para entonces no formaba parte de la familia, en los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011.

“Recuerdo que estaba con mucha adrenalina viendo la transmisión“, cuenta José, hoy de 21 años, quien para entonces practicaba fútbol, natación y hasta pentatlón, pero recién ese día tuvo su primer romance con la marcha.

Precisamente a raíz de ese triunfo comenzó a hacer marcha, pero paró cuatro años para concentrarse en sus estudios y a los 15 regresó. “Venía el Mundial de Kenia, el último Mundial Menor que se hizo, y yo quería tener una oportunidad allí“.

Para ganarse esa oportunidad, José registró la que para entonces era la mejor marca mundial del año para la categoría menor en la Copa Panamericana de Lima. En Nairobi fue quinto y un año después logró bronce el en Mundial Juvenil de Tampere.

A partir de entonces comenzó su transición hacia los 20 km. “A principios de 2020 llegué a correr por debajo de 1:25 y fui campeón en el Centroamericano y del Caribe de Costa Rica con 1:24“.

Después de eso el país entero se cerró por la pandemia, pero José no dejó de trabajar y repitió un par de 1:22 en chequeos corriendo en altura en Guatemala antes de viajar a Dudince.

“Mucha gente me había dicho que allí no se hacían buenas marcas, así que iba sin mucha expectativa, solo pensando en hacer una carrera estratégica para buscar buenas posiciones, pero la verdad es que Eider (Arévalo, el ex campeón mundial colombiano) me alcanzó en las últimas vueltas, fui cuarto y sí hice la marca olímpica“.

José no deja de pensar que Erick tenía la misma edad que él tiene ahora cuando ganó el oro de los Panamericanos. “A Erick lo tomamos como un gran referente, el que nos da consejos“.

Con Mirna la relación es diferente: José nunca ha dejado de verla como su tía, la que pasa a comer algo en su casa después de los entrenamientos, una más de esa enorme familia de 11 hermanos que son los Ortiz. 

Lazos dorados

Erick y Mirna entrenan de la mano de otro subcampeón olímpico, el español Paquillo Fernández, mientras que José Alejandro lo hace con Julio César Urías.

Pero todos siguen celebrando la dicha de compartir una misma pasión. “La Navidad siempre la pasamos juntos en (la capital Ciudad de) Guatemala, y para recibir el año los Barrondo se van a Alta Verapaz“, detalla Mynor.

Contrariamente a lo que sugiere la contextura de la familia Barrondo Ortiz, no hay dieta en esas festividades. “Es un error pensar que un marchista hace dieta, al contrario, con un esfuerzo tan grande hay que reponer energía, aunque siempre con la asesoría de un nutricionista“.

Estos clanes familiares de campeones saben que están dejando un enorme legado para su país: “La marcha para Guatemala es lo más grande, el deporte que ha dado los mejores resultados y las mayores alegrías al país en toda su historia“, resume Mynor.

Los Barrondo Ortiz tienen un lema, “si eres buen atleta debes ser buena persona“, y también una tradición: cada atleta que comienza a conseguir resultados debe ayudar de alguna forma a los que vienen atrás, como lo han hecho Mirna y Erick, una cadena de favores que nunca terminará.

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